Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (1)

© Joaquín Alcalde

El Puente de Hierro

La Sequilla

El Mirador-bar y las barcas del Augusto

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El Puente de Hierro

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Puente de Hierrol sobre el río DueroLa iluminación ha llegado al Puente de Hierro. Desde hace unas cuantas semanas la antigua estructura metálica sobre el río Duero, desde hace años sin el uso para el que fue construida –otra cosa es que no falte quien siga utilizándola como peatonal-, se ha incorporado al Plan de Iluminación Monumental que está desarrollando el ayuntamiento de Soria en el marco del Plan de Dinamización Turística de la ciudad que, cuando menos, está permitiendo lavar la cara a algunas zonas y monumentos muy concretos de la capital en el intento de hacerlas más atractivas para los visitantes y por qué no a los ojos de los propios sorianos, que también lo agradecen.

El Puente de Hierro es una de esas infraestructuras de la ciudad que pese a sus ochenta años largos de existencia sigue manteniendo viva la llama de una realidad con la que han nacido y se han acostumbrado a convivir sucesivas generaciones de sorianos. El Puente de Hierro, desde su particular y privilegiada ubicación en uno de los entornos más sensibles, queridos y respetados de la capital, continúa siendo un fiel testigo mudo, como si el tiempo no hubiera pasado por él, pero sobre todo el transmisor de un sinfín de aconteceres y vivencias personales y colectivas de todo tipo, de tal manera que en su ausencia la rutina de quiénes aquí vivimos sería, con muy probable seguridad, bien diferente.

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Puente de Hierrol sobre el río DueroLa supresión por Renfe del servicio de pasajeros, por falta de ocupación, entre Soria y la localidad navarra de Castejón de Ebro en los primeros días del mes de diciembre de 1996 venía a cerrar una etapa importante del ferrocarril, aunque bien es cierto que llevaba años languideciendo sin que pese a la fuerte contestación popular nadie fuera capaz de ponerle remedio, porque en realidad la suerte estaba echada desde que a finales del mes de abril de 1984 la compañía que ejercía el monopolio ferroviario anunciaba la supresión del automotor Madrid-Soria-Pamplona y Logroño, un servicio rápido y casi de lujo para lo que se llevaba hasta el punto de definir una época, que lejos de estar al alcance de todos eran preferentemente las clases acomodadas las que lo utilizaban. Y a mayor abundamiento, en los últimos días del mes de septiembre de ese mismo año el Consejo de Ministros acordaba el cierre de la línea Santander-Mediterráneo. Sea como fuere, el caso es que a partir del 1 de diciembre del citado 1996 el emblemático Puente de Hierro iba a dejar de estar operativo a efectos ferroviarios prácticos, aunque no por ello menos visitado de tal manera que el paso del tiempo ha ido posibilitando día a día su reconversión en una de las leyendas vivas de la ciudad que continúa alimentándose y creciendo para llegar a adquirir poco menos que la consideración de mito.

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Puente del FerrocarrilConstruido a finales de los años veinte del siglo pasado, el Puente de Hierro, de 70 metros de luz y 10 de altura, con 30.000 remaches y 360 toneladas de peso, estaba montando el 29 de junio de 1929, aunque en esta fecha todavía no se había retirado el “esqueleto de madera” levantado para posibilitar su construcción. En los últimos días de agosto –el 27- de ese mismo año cruzaba por primera vez por él una locomotora y al siguiente –o sea, el 28- se verificaba la prueba de peso con “la locomotora pesada nº 111 que arrastraba un coche con viajeros”. En todo caso la entrada en servicio no iba a producirse hasta el 21 de octubre de 1929 que es cuando se inauguró la Sección Soria-Calatayud del ferrocarril Santander-Mediterráneo. Fue una fecha memorable para los sorianos porque “uno de sus ideales, el más grande quizá, ansiado y gestionado por una generación ya casi desaparecida, se ha convertido en una realidad triunfante”, dijo el periódico Noticiero de Soria; efeméride materializada en una “confraternidad Castellano-Aragonesa en [la localidad aragonesa de] Torrelapaja”, colindante con la provincia de Soria, donde se encontraron los directivos de la compañía ferroviaria y las autoridades sorianas que habían viajado desde la Estación del Cañuelo con las representaciones de Aragón que a su vez lo habían hecho desde Calatayud y Zaragoza.

Otro hito importante en la historia del Puente de Hierro –un ejemplo de ingeniería industrial- y, por consiguiente, en las comunicaciones ferroviarias, hay que situarlo en el 30 de septiembre de 1941 cuando tras 14 años de construcción quedaba inaugurado el ferrocarril Soria-Castejón “seis años más tarde de los previstos por las dificultades de la República” subtituló el periódico Labor, Órgano de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., y 97 en el cómputo general del proyecto. Porque, en efecto, “este ferrocarril dará un gran vigor al intercambio comercial entre las provincias de Soria, Logroño, Zaragoza y Navarra”, subrayó el mismo medio.

Fue en ese momento cuando el Puente de Hierro alcanzó su plenitud; un periodo que se extendería durante algunas décadas en cuyo transcurso llegó a circular por él el mismísimo Talgo, bien es cierto que en un viaje promocional que tuvo lugar el 2 de febrero de 1950, luego de efectuar una breve parada en la estación del Cañuelo antes de que continuara a Castejón y Pamplona.

© Joaquín Alcalde

La Sequilla

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Río DueroDesde que el 13 de septiembre de 1964 la eléctrica Saltos Unidos del Jalón inaugurara el embalse de Los Rábanos, el paraje de La Sequilla, en las cercanías de la capital, pasaba a convertirse en una referencia sin más del que las sucesivas generaciones acaso no hayan oído hablar. Aquel día, en realidad desde que en el mes de junio del año anterior comenzó a producir energía, se firmaba el acta de defunción de una de las zonas de ocio del verano preferidas por los sorianos. Y no porque no se esperara, porque es bien cierto que ya en las postrimerías de 1947 la prensa local se hacía eco del comienzo de los trabajos preliminares para construir un salto de agua y central termoeléctrica según la concesión a las señores Escoriaza –Teledinámica del Duero-; obra que en el mes de mayo del año siguiente el Ministerio de Industria y Comercio declaraba de “absoluta necesidad nacional”. Una presa que iba a modificar sustancialmente no sólo el entorno de La Sequilla, incluidos los accesos y las cercanías de las cuevas existentes en las inmediaciones, como la llamada de las Siete Bocas y otras zonas próximas, sino la práctica totalidad de bellísimos lugares –entre ellos el propio cauce del río- en el tramo comprendido entre la Fábrica de Harinas en el Perejinal y la presa de Los Rábanos hasta, en la práctica, hacerlos desaparecer, con las incomodidades de todos conocidas, bastantes de las cuales, por cierto, no queda otro remedio que seguir soportando estoicamente hasta que Dios quiera y, en definitiva, siguen sin resolverse; y lo que es más grave, sin un hálito de esperanza de que vayan a solucionarse no a corto sino incluso a medio plazo como pueda ser el caso de la depuradora.

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Puente de Hierro sobre el río GolmayoHasta entonces La Sequilla había venido siendo tradicionalmente uno de los lugares preferidos por los sorianos para las excursiones domingueras del verano dada su proximidad a la capital que facilitaba el puente de hierro del ferrocarril, desmontado al final de la década de los cuarenta, que cruzaba el río Golmayo por La Rumba, en el supuesto de que se optara por salir del núcleo urbano, que no era lo frecuente, pues lo más socorrido era bajar al Soto Playa o al Perejinal y como mucho a Maltoso. La Sequilla y sus alrededores habían sido durante muchos años un lugar de esparcimiento que los sorianos más mayores siguen recordando no sin un tinte de nostalgia por la significación que tenía y lo que entonces representaba en el acontecer de la vida local.

Pero, por otra parte, La Sequilla, pasó a la historia de la ciudad como un importante centro de producción de energía hidroeléctrica, de tal manera que facilitó el encendido de las primeras luces en Soria en el año 1897, según recordó en su día el ingeniero soriano Ángel Hernández Lacal en una interesante y bien documentada colaboración cargada de sorianismo que firmó en Revista de Soria; una pequeña muestra de cuya infraestructura original –alguna torre del tendido eléctrico fácilmente identificable- puede verse todavía en las inmediaciones del tramo conjunto de las líneas del ferrocarril Soria-Calatayud y Soria-Castejón un poco más abajo del nuevo estadio de fútbol de Los Pajaritos, en la zona más próxima a éste.

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Puente de piedra sobre el río GolmayoY no sólo tuvo importancia en aquellos primeros momentos de la luz en Soria sino que medio siglo después aún seguía teniendo relevancia en la lucha contras las enormes dificultades padecidas en los años 1945 y 1946, hasta el punto de que estaba en disposición de salvar, como así fue, difíciles momentos, especialmente durante la noche, a establecimientos sanitarios como clínicas y el propio hospital, entonces en Nicolás Rabal, y otras instalaciones como la elevadora de aguas para que pudiera abastecer los depósitos del Castillo, la fábrica de harinas y las panaderías y los demás servicios indispensables en aquellos momentos.

Pues bien, del recuerdo de La Sequilla no quedan más que unas ruinas que han emergido cuando se ha hecho preciso vaciar la balsa de la Central de Los Rábanos para llevar a cabo tareas de limpieza, reparaciones o trabajos de conservación. Lo que no ha podido borrar el paso del tiempo es el recuerdo de infinidad de excursiones y de las interminables pero no por ello menos esperadas jornadas de campo, que se aprovechaban para la práctica de deportes como la pesca y  el montañismo cuando no para cruzar el río en la balsa, que ayudaba a ocupar los ratos de ocio o simplemente para pasar el día con la excusa del buen tiempo, sin olvidar lo que en su día representó para el suministro de alumbrado a Soria.

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El Mirador-bar y las barcas del Augusto

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Río Duero. Pescando en barcaEl río Duero y su entorno como zona de recreo sin necesidad de salir de la ciudad sigue teniendo vigencia después de muchos años, en realidad, varias décadas, porque no han sido, sin embargo, únicamente las corporaciones de la democracia las que han mostrado su preocupación por enclave tan sensible porque a poco que se haga memoria o se acuda a la hemeroteca enseguida podrá advertirse que el interés por el río lejos de responder a una cuestión de oportunidad viene, por el contrario, de lejos. Es más, en ocasiones junto a los proyectos promovidos por los poderes públicos se han desarrollado otras actuaciones de índole privada conscientes del potencial que ofrecía, y sigue ofreciendo, por sí mismo el Duero y el complemento de la oferta turística y cultural que aglutina su entorno.

         Ya en el año 1935, concretamente en el mes de julio, se anunciaba a los sorianos la construcción de una playa en el río Duero que llevaría el nombre de Soto Playa y se inauguraría “con todos sus servicios anejos” el 4 de agosto siguiente, con el establecimiento incluso de un servicio de autobuses “para que los sorianos puedan bajar cómodamente desde la plaza de Ramón Benito Aceña” (la plaza de Herradores), según puede leerse en los periódicos de la época. Sin embargo, tan novedosa iniciativa, por razones fácilmente comprensibles, no tuvo la continuidad que se pretendía, aunque bien es cierto que cuando tras la Guerra Civil se retomó la idea de revitalizar el paraje aún se seguía hablando del interrumpido proyecto y de la construcción de una piscina para nada convencional pues, al contrario que éstas, se alimentaría exclusivamente con agua natural, la del río, sin necesidad de tener que clorarla.

         En todo caso no fue hasta mediada la década de los cincuenta cuando se volvía a actuar en el Soto Playa. Fue gracias al empeño del alcalde Eusebio Fernández de Velasco que de esta manera veía cumplido uno de sus sueños. El 17 de julio de 1954, víspera de la Fiesta Nacional, se inauguraron por todo lo alto las novedosas instalaciones, sin que faltara la quema de una colección de fuegos artificiales. Mas todo fue efímero, porque no muchos años después comenzaría a embalsar la presa de Los Rábanos con las consecuencias de todos conocidas.

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Barcas en el río DueroNo obstante, entre las dos actuaciones anotadas en el Soto Playa había surgido algo más arriba un proyecto sin duda menos ambicioso pero que a cambio iba a dejar su impronta en una etapa muy definida de la vida de Soria y de la sociedad soriana acostumbrada a otro tipo de hábitos y a los convencionalismos al uso. Porque, en efecto, junto al que en Soria conocemos como Puente de Piedra, en las traseras del antiguo convento de San Agustín y de la que fue primera central eléctrica de la capital, la Térmica, de la que por cierto ya no queda más que algún pequeño resto de las ruinas del edificio, el joven y emprendedor empresario soriano Augusto Romero inauguraba la tarde del martes 18 de julio de 1944 el Mirador-Bar “con un gran baile en las amenas orillas del río”, subrayó el diario local Duero. A partir de aquel momento la instalación  pasó a ser una de las referencias obligadas del verano pues además del servicio de bar –inicialmente no era más de lo que hoy se conoce como un chiringuito- contaba con un par de barcas de recreo, que luego amplió, y todos los domingos con la acostumbrada y concurrida sesión de baile no exenta del inevitable chismorreo propio de la pequeña capital de provincia que daba de sí lo suyo.

Fueron los años cuarenta y cincuenta los mejores de aquel entrañable Mirador-Bar porque más tarde la puesta en funcionamiento del Soto Playa le restó protagonismo y aunque en la práctica permaneció abierto hasta bien entrada la década de los noventa el hecho cierto es que su etapa de brillantez hacía ya años que había pasado con la irrupción en el mercado y en las costumbres de los sorianos de otras ofertas de ocio.

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