El Puente de
Hierro

La
iluminación ha llegado al Puente de Hierro. Desde hace unas cuantas
semanas la antigua estructura metálica sobre el río Duero, desde hace
años sin el uso para el que fue construida –otra cosa es que no falte
quien siga utilizándola como peatonal-, se ha incorporado al Plan de
Iluminación Monumental que está desarrollando el ayuntamiento de Soria
en el marco del Plan de Dinamización Turística de la ciudad que, cuando
menos, está permitiendo lavar la cara a algunas zonas y monumentos muy
concretos de la capital en el intento de hacerlas más atractivas para
los visitantes y por qué no a los ojos de los propios sorianos, que
también lo agradecen.
El Puente
de Hierro es una de esas infraestructuras de la ciudad que pese a sus
ochenta años largos de existencia sigue manteniendo viva la llama de una
realidad con la que han nacido y se han acostumbrado a convivir
sucesivas generaciones de sorianos. El Puente de Hierro, desde su
particular y privilegiada ubicación en uno de los entornos más
sensibles, queridos y respetados de la capital, continúa siendo un fiel
testigo mudo, como si el tiempo no hubiera pasado por él, pero sobre
todo el transmisor de un sinfín de aconteceres y vivencias personales y
colectivas de todo tipo, de tal manera que en su ausencia la rutina de
quiénes aquí vivimos sería, con muy probable seguridad, bien diferente.

La
supresión por Renfe del servicio de pasajeros, por falta de ocupación,
entre Soria y la localidad navarra de Castejón de Ebro en los primeros
días del mes de diciembre de 1996 venía a cerrar una etapa importante
del ferrocarril, aunque bien es cierto que llevaba años languideciendo
sin que pese a la fuerte contestación popular nadie fuera capaz de
ponerle remedio, porque en realidad la suerte estaba echada desde que a
finales del mes de abril de 1984 la compañía que ejercía el monopolio
ferroviario anunciaba la supresión del automotor Madrid-Soria-Pamplona y
Logroño, un servicio rápido y casi de lujo para lo que se llevaba hasta
el punto de definir una época, que lejos de estar al alcance de todos
eran preferentemente las clases acomodadas las que lo utilizaban. Y a
mayor abundamiento, en los últimos días del mes de septiembre de ese
mismo año el Consejo de Ministros acordaba el cierre de la línea
Santander-Mediterráneo. Sea como fuere, el caso es que a partir del 1 de
diciembre del citado 1996 el emblemático Puente de Hierro iba a dejar de
estar operativo a efectos ferroviarios prácticos, aunque no por ello
menos visitado de tal manera que el paso del tiempo ha ido posibilitando
día a día su reconversión en una de las leyendas vivas de la ciudad que
continúa alimentándose y creciendo para llegar a adquirir poco menos que
la consideración de mito.

Construido
a finales de los años veinte del siglo pasado, el Puente de Hierro, de
70 metros de luz y 10 de altura, con 30.000 remaches y 360 toneladas de
peso, estaba montando el 29 de junio de 1929, aunque en esta fecha
todavía no se había retirado el “esqueleto de madera” levantado para
posibilitar su construcción. En los últimos días de agosto –el 27- de
ese mismo año cruzaba por primera vez por él una locomotora y al
siguiente –o sea, el 28- se verificaba la prueba de peso con “la
locomotora pesada nº 111 que arrastraba un coche con viajeros”. En todo
caso la entrada en servicio no iba a producirse hasta el 21 de octubre
de 1929 que es cuando se inauguró la Sección Soria-Calatayud del
ferrocarril Santander-Mediterráneo. Fue una fecha memorable para los
sorianos porque “uno de sus ideales, el más grande quizá, ansiado y
gestionado por una generación ya casi desaparecida, se ha convertido en
una realidad triunfante”, dijo el periódico Noticiero de Soria;
efeméride materializada en una “confraternidad Castellano-Aragonesa en
[la localidad aragonesa de] Torrelapaja”, colindante con la provincia de
Soria, donde se encontraron los directivos de la compañía ferroviaria y
las autoridades sorianas que habían viajado desde la Estación del
Cañuelo con las representaciones de Aragón que a su vez lo habían hecho
desde Calatayud y Zaragoza.
Otro hito
importante en la historia del Puente de Hierro –un ejemplo de ingeniería
industrial- y, por consiguiente, en las comunicaciones ferroviarias, hay
que situarlo en el 30 de septiembre de 1941 cuando tras 14 años de
construcción quedaba inaugurado el ferrocarril Soria-Castejón “seis años
más tarde de los previstos por las dificultades de la República”
subtituló el periódico Labor, Órgano de Falange Española Tradicionalista
y de las J.O.N.S., y 97 en el cómputo general del proyecto. Porque, en
efecto, “este ferrocarril dará un gran vigor al intercambio comercial
entre las provincias de Soria, Logroño, Zaragoza y Navarra”, subrayó el
mismo medio.
Fue en
ese momento cuando el Puente de Hierro alcanzó su plenitud; un periodo
que se extendería durante algunas décadas en cuyo transcurso llegó a
circular por él el mismísimo Talgo, bien es cierto que en un viaje
promocional que tuvo lugar el 2 de febrero de 1950, luego de efectuar
una breve parada en la estación del Cañuelo antes de que continuara a
Castejón y Pamplona.
©
Joaquín Alcalde
La Sequilla

Desde
que el 13 de septiembre de 1964 la eléctrica Saltos Unidos del Jalón
inaugurara el embalse de Los Rábanos, el paraje de La Sequilla, en las
cercanías de la capital, pasaba a convertirse en una referencia sin más
del que las sucesivas generaciones acaso no hayan oído hablar. Aquel
día, en realidad desde que en el mes de junio del año anterior comenzó a
producir energía, se firmaba el acta de defunción de una de las zonas de
ocio del verano preferidas por los sorianos. Y no porque no se esperara,
porque es bien cierto que ya en las postrimerías de 1947 la prensa local
se hacía eco del comienzo de los trabajos preliminares para construir un
salto de agua y central termoeléctrica según la concesión a las señores
Escoriaza –Teledinámica del Duero-; obra que en el mes de mayo del año
siguiente el Ministerio de Industria y Comercio declaraba de “absoluta
necesidad nacional”. Una presa que iba a modificar sustancialmente no
sólo el entorno de La Sequilla, incluidos los accesos y las cercanías de
las cuevas existentes en las inmediaciones, como la llamada de las Siete
Bocas y otras zonas próximas, sino la práctica totalidad de bellísimos
lugares –entre ellos el propio cauce del río- en el tramo comprendido
entre la Fábrica de Harinas en el Perejinal y la presa de Los Rábanos
hasta, en la práctica, hacerlos desaparecer, con las incomodidades de
todos conocidas, bastantes de las cuales, por cierto, no queda otro
remedio que seguir soportando estoicamente hasta que Dios quiera y, en
definitiva, siguen sin resolverse; y lo que es más grave, sin un hálito
de esperanza de que vayan a solucionarse no a corto sino incluso a medio
plazo como pueda ser el caso de la depuradora.

Hasta
entonces La Sequilla había venido siendo tradicionalmente uno de los
lugares preferidos por los sorianos para las excursiones domingueras del
verano dada su proximidad a la capital que facilitaba el puente de
hierro del ferrocarril, desmontado al final de la década de los
cuarenta, que cruzaba el río Golmayo por La Rumba, en el supuesto de que
se optara por salir del núcleo urbano, que no era lo frecuente, pues lo
más socorrido era bajar al Soto Playa o al Perejinal y como mucho a
Maltoso. La Sequilla y sus alrededores habían sido durante muchos años
un lugar de esparcimiento que los sorianos más mayores siguen recordando
no sin un tinte de nostalgia por la significación que tenía y lo que
entonces representaba en el acontecer de la vida local.
Pero, por
otra parte, La Sequilla, pasó a la historia de la ciudad como un
importante centro de producción de energía hidroeléctrica, de tal manera
que facilitó el encendido de las primeras luces en Soria en el año 1897,
según recordó en su día el ingeniero soriano Ángel Hernández Lacal en
una interesante y bien documentada colaboración cargada de sorianismo
que firmó en Revista de Soria; una pequeña muestra de cuya
infraestructura original –alguna torre del tendido eléctrico fácilmente
identificable- puede verse todavía en las inmediaciones del tramo
conjunto de las líneas del ferrocarril Soria-Calatayud y Soria-Castejón
un poco más abajo del nuevo estadio de fútbol de Los Pajaritos, en la
zona más próxima a éste.

Y
no sólo tuvo importancia en aquellos primeros momentos de la luz en
Soria sino que medio siglo después aún seguía teniendo relevancia en la
lucha contras las enormes dificultades padecidas en los años 1945 y
1946, hasta el punto de que estaba en disposición de salvar, como así
fue, difíciles momentos, especialmente durante la noche, a
establecimientos sanitarios como clínicas y el propio hospital, entonces
en Nicolás Rabal, y otras instalaciones como la elevadora de aguas para
que pudiera abastecer los depósitos del Castillo, la fábrica de harinas
y las panaderías y los demás servicios indispensables en aquellos
momentos.
Pues
bien, del recuerdo de La Sequilla no quedan más que unas ruinas que han
emergido cuando se ha hecho preciso vaciar la balsa de la Central de Los
Rábanos para llevar a cabo tareas de limpieza, reparaciones o trabajos
de conservación. Lo que no ha podido borrar el paso del tiempo es el
recuerdo de infinidad de excursiones y de las interminables pero no por
ello menos esperadas jornadas de campo, que se aprovechaban para la
práctica de deportes como la pesca y el montañismo cuando no para
cruzar el río en la balsa, que ayudaba a ocupar los ratos de ocio o
simplemente para pasar el día con la excusa del buen tiempo, sin olvidar
lo que en su día representó para el suministro de alumbrado a Soria.
©
Joaquín Alcalde
El Mirador-bar y
las barcas del Augusto

El
río Duero y su entorno como zona de recreo sin necesidad de salir de la
ciudad sigue teniendo vigencia después de muchos años, en realidad,
varias décadas, porque no han sido, sin embargo, únicamente las
corporaciones de la democracia las que han mostrado su preocupación por
enclave tan sensible porque a poco que se haga memoria o se acuda a la
hemeroteca enseguida podrá advertirse que el interés por el río lejos de
responder a una cuestión de oportunidad viene, por el contrario, de
lejos. Es más, en ocasiones junto a los proyectos promovidos por los
poderes públicos se han desarrollado otras actuaciones de índole privada
conscientes del potencial que ofrecía, y sigue ofreciendo, por sí mismo
el Duero y el complemento de la oferta turística y cultural que aglutina
su entorno.
Ya en el año 1935, concretamente en el mes de julio, se anunciaba a los
sorianos la construcción de una playa en el río Duero que llevaría el
nombre de Soto Playa y se inauguraría “con todos sus servicios anejos”
el 4 de agosto siguiente, con el establecimiento incluso de un servicio
de autobuses “para que los sorianos puedan bajar cómodamente desde la
plaza de Ramón Benito Aceña” (la plaza de Herradores), según puede
leerse en los periódicos de la época. Sin embargo, tan novedosa
iniciativa, por razones fácilmente comprensibles, no tuvo la continuidad
que se pretendía, aunque bien es cierto que cuando tras la Guerra Civil
se retomó la idea de revitalizar el paraje aún se seguía hablando del
interrumpido proyecto y de la construcción de una piscina para nada
convencional pues, al contrario que éstas, se alimentaría exclusivamente
con agua natural, la del río, sin necesidad de tener que clorarla.
En todo caso no fue hasta mediada la década de los cincuenta cuando se
volvía a actuar en el Soto Playa. Fue gracias al empeño del alcalde
Eusebio Fernández de Velasco que de esta manera veía cumplido uno de sus
sueños. El 17 de julio de 1954, víspera de la Fiesta Nacional, se
inauguraron por todo lo alto las novedosas instalaciones, sin que
faltara la quema de una colección de fuegos artificiales. Mas todo fue
efímero, porque no muchos años después comenzaría a embalsar la presa de
Los Rábanos con las consecuencias de todos conocidas.

No
obstante, entre las dos actuaciones anotadas en el Soto Playa había
surgido algo más arriba un proyecto sin duda menos ambicioso pero que a
cambio iba a dejar su impronta en una etapa muy definida de la vida de
Soria y de la sociedad soriana acostumbrada a otro tipo de hábitos y a
los convencionalismos al uso. Porque, en efecto, junto al que en Soria
conocemos como Puente de Piedra, en las traseras del antiguo convento de
San Agustín y de la que fue primera central eléctrica de la capital, la
Térmica, de la que por cierto ya no queda más que algún pequeño resto de
las ruinas del edificio, el joven y emprendedor empresario soriano
Augusto Romero inauguraba la tarde del martes 18 de julio de 1944 el
Mirador-Bar “con un gran baile en las amenas orillas del río”, subrayó
el diario local Duero. A partir de aquel momento la instalación pasó a
ser una de las referencias obligadas del verano pues además del servicio
de bar –inicialmente no era más de lo que hoy se conoce como un
chiringuito- contaba con un par de barcas de recreo, que luego amplió, y
todos los domingos con la acostumbrada y concurrida sesión de baile no
exenta del inevitable chismorreo propio de la pequeña capital de
provincia que daba de sí lo suyo.
Fueron
los años cuarenta y cincuenta los mejores de aquel entrañable Mirador-Bar
porque más tarde la puesta en funcionamiento del Soto Playa le restó
protagonismo y aunque en la práctica permaneció abierto hasta bien
entrada la década de los noventa el hecho cierto es que su etapa de
brillantez hacía ya años que había pasado con la irrupción en el mercado
y en las costumbres de los sorianos de otras ofertas de ocio.