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Soria Siglo XX
Soria de Ayer y Hoy (3)
©
Joaquín Alcalde
Oficios
desaparecidos
El
Mercadillo de los jueves
La
costumbre del chateo
La
costumbre de “ir de campo”
(CLICK!
sobre las fotos para ampliarlas)

Oficios
desaparecidos
El cambio de hábitos de la sociedad de
consumo y las nuevas tecnologías posibilitaron la desaparición de una
serie de oficios que además de ser parte integrante de nuestra cultura
constituían el medio de vida de los profesionales que los ejercían
Trabajar para
vivir
En estos
tiempos que corren, en realidad desde hace ya algunas décadas,
proliferan los mercados medievales y las ferias de artesanía. Unas
manifestaciones que van más allá de lo cultural, que es en el marco en
el que fundamentalmente nacieron, pero que a base de repetirse con una
precisa regularidad han dejado de suscitar, salvo en casos y situaciones
muy concretas, la expectación y, por qué no, el interés y la curiosidad
de los primeros momentos, cuando constituían una auténtica novedad. Era
una manera de presentar a la sociedad del momento una serie de oficios
artesanos –entendido el término en sentido amplio-, algunos en evolución
y otros hacía ya tiempo desaparecidos, que formaban parte de nuestras
costumbres y modos de vida y, para los sectores afectados, su medio de
subsistencia.


Antaño no
existían este tipo de manifestaciones, al menos con la ostentación y, si
se quiere, el ceremonial de ahora. Todo resultaba bastante más sencillo
y diferente, incluso más cutre, porque también las circunstancias eran
otras, y solían circunscribirse al mercado semanal de los jueves pero
sobre todo a las ferias de ganados de marzo y septiembre que era cuando
bajo su paraguas la práctica de bastantes de los oficios ya en desuso
emergían por imperativo de las necesidades propias de fechas tan
estratégicas. En cualquier caso, de buena parte de aquellas ocupaciones
que gracias a las ferias de artesanía y eventos similares pueden conocer
las generaciones modernas, queda poco más que el recuerdo. Se
desempeñaban en una especie de servicio a domicilio, sobre todo en el
ejercicio de las actividades más modestas, en las que lo único que
necesitaba quien se dedicaba al oficio era un conjunto de herramientas y
materiales de lo más básico, por utilizar una terminología al uso, con
los que poder desarrollar su tarea, porque el taller de operaciones lo
establecía en plena calle, a medida que le iba saliendo faena. De tal
manera que este abigarrado conjunto de individuos y actividades daba la
impresión de formar parte del paisaje urbano ofreciendo escenas
entrañables e irrepetibles. Puede que uno de los casos más singulares
fuera el de los estañadores, unos ambulantes que callejeaban a diario
por la ciudad con su vieja y cochambrosa caja de útiles a cuestas
voceando su presencia para conocimiento general de las mujeres del
barrio, que eran su mejor clientela. También en el buen tiempo y durante
los meses de verano no resultaba difícil encontrarse en cualquier rincón
de la población, por muy próximo que estuviera al centro, con el
colchonero vareando la lana para que se ahuecara y los colchones
pudieran recuperar su confortabilidad. Eran asimismo ambulantes los
traperos, unos tipos peculiares que compraban y vendían de todo y, si
era preciso, incluso retiraban a domicilio basuras y desechos, con los
que traficaban y se ganaban el sustento, vamos todo aquello que no iba
literalmente al carro de la basura pues no conviene perder la
perspectiva de que lo que ahora denominamos residuos sólidos urbanos se
recogía por este arcaico procedimiento, es decir, con un carro tirado
por una mula que mediante un servicio organizado recorría cada día las
calles de la capital. Un oficio que igualmente pasó a la historia fue el
de limpiabotas; quienes se dedicaban a él solían tener recorrido y
clientela fijos y, los más considerados, puesto estable en los cafés y
bares de mayor reputación. Pues bien, este variado conjunto de
personajes, o la mayoría de quienes ejercían las tareas, eran
suficientemente conocidos en la capital no tanto por su nombre de pila
como por su alias, que por lo general solía hacer referencia a la
ocupación que desempeñaban pero que, en definitiva, venía a añadir una
nota de tipismo a las de por sí actividades singulares que vistas desde
la perspectiva actual da la impresión de rozar fantástico si es que no
lo irreal.


En este
apresurado recorrido por los oficios y/o profesiones desaparecidas no
puede, ni debe, omitirse por ejemplo el de los mozos de cuerda, aquellos
hombres serviciales que con una carretilla de mano como toda herramienta
de trabajo atendían solícitos a los viajeros que llegaban a la ciudad en
los anticuados coches de línea y, si lo hacían en tren, a la
desaparecida Estación Vieja, trasladándoles el equipaje a su punto de
destino mediante el cobro, según tarifa autorizada por el ayuntamiento,
de una pequeña –casi simbólica- cantidad de dinero que ya entonces
resultaba irrisoria, por más que al final de la jornada hubieran logrado
reunir una suma nada despreciable para lo que era habitual en la época.
El listado daría, obviamente, para otros muchos. Queden, no obstante,
como testimonio de oficios desaparecidos, o escasamente practicados, el
de herrador, segador, esquilador, carbonero y carretero, del mismo modo
que los de herrero, sacristán, guarnicionero, sillero, santero,
lavandera, pregonero, consumero, sereno, guardia de circulación y
churrero, por citar algunos.
©
Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de
Soria-El Mundo el 27.11.2011)
El Mercadillo de
los jueves
Con una
oferta de lo más variada y singular, surgió a mediados de los años
sesenta al abrigo del tradicional mercado semanal
Siempre se ha dicho que los sorianos son, somos, de costumbres fijas.
Tan es así que durante muchísimos años, según cuentan los más mayores,
parafraseando lo que ha terminado por convertirse en moneda de uso en
cualquier conversación que siempre deriva en lo local, en Soria capital
se estuvo celebrando el tradicional mercado semanal de los jueves,
antaño con notable concurrencia, pero desaparecido hace ya algunas
décadas, la misma suerte que había corrido antes el de cereales en la
Plaza Mayor que intentó recuperar, con poco éxito porque enseguida dejó
de funcionar y cuando lo hizo fue con no demasiada concurrencia, uno de
los ayuntamientos de la época allá por los años cincuenta del siglo
pasado.


De aquel
mercado semanal de los jueves, el de siempre, que supervivió en
decadencia al del grano, queda como testimonio poco más que una mayor
afluencia que de ordinario a la Plaza de Abastos de vendedores -y por lo
tanto de compradores- de frutas y verduras, casi en su mayoría, amén que
de algún que otro ambulante, y naturalmente esa reunión de gentes
llegadas de nuestros pueblos que se instalan en torno al mediodía en las
inmediaciones del Torcuato como queriendo dejar constancia de que, pese
al transcurrir del tiempo y que la convocatoria se encuentre desde hace
tiempo desnaturalizada, se resisten a abandonar la vieja costumbre de
desplazarse cada jueves a la capital como si de un ritual más de su
acontecer diario se tratara; tertulia que cuando la meteorología se
torna más rigurosa –en los meses de invierno- se traslada a la solana de
la Plaza de San Esteban, delante de la farmacia de Carrascosa, y
últimamente y casi como norma de obligado cumplimiento a uno de los
bares del final de la calle Marqués de Vadillo, frente a la Plaza de
Herradores, donde los contertulios se encuentran a cubierto de cualquier
inclemencia. Es una de las escasas estampas entrañables que queda de la
Soria provinciana de una época ya lejana y desconocida para una mayoría
importante, que goza de la general complacencia y es, de hecho, una de
las referencias de las mañanas de los jueves sorianos, por más que de
vez en cuando todavía se pueda seguir escuchando algún que otro lamento
–a veces airado-, en clave de queja, de quien o quienes, sin duda ajenos
a la realidad pero sobre todo desconocedores de las costumbres de las
gentes de esta tierra, abominan de la imagen que proyecta la ciudad en
lugar tan céntrico y transitado como es El Collado -en jueves puntuales
del año un auténtico hervidero-, que suele llamar la atención de los
ocasionales visitantes.


Sin
embargo, los tiempos modernos trajeron nuevos modos de vida de la
sociedad soriana. De manera que, por ejemplo, el mercadillo semanal, esa
especie de rastrillo que funciona también los jueves detrás de la Plaza
de Abastos y más concretamente en la calle Doctrina, la Plaza del Carmen
y la calle Aguirre, frente al Palacio de los Condes de Gómara, puede que
surgiera al socaire del mercado de siempre con una oferta de lo más
variada que pueda uno imaginarse. De todos modos no resulta ciertamente
tarea fácil situar la fecha exacta en que comenzó a funcionar, aunque
bien pudiera ser al inicio de la década de los setenta. En el mercadillo
se vende de todo. Desde baratijas en el sentido más amplio –o sea
relojes y monederos-, hasta marcas modernas de calzado; desde productos
de floristería hasta ropa de caballero, y desde CDs (discos compactos)
hasta lencería. Por eso no resulta extraño que compartan espacio y se
encuentren en el obligado recorrido por los tenderetes, el ama de casa
de toda la vida, el ejecutivo, el jubilado como fórmula que no
desaprovecha para matar un buen rato del abundante tiempo libre de que
dispone, la funcionaria –de cualquier cuerpo y escala - que acostumbra a
sacrificar el tiempo del café para buscar lo que necesita con urgencia,
despistados que terminan encontrándose después de mucho tiempo sin verse
y, en general, todo aquél o aquélla sin otra ocupación la mañana del
jueves que la de merodear por el entorno, es decir, el mero curioso que
cunde y se le nota lo suyo. Es un verdadero rastrillo, semejante al que
también con periodicidad semanal se instala en otros muchos pueblos y
ciudades españolas, en el que puede encontrarse de todo y a veces
desaparezca también algún que otro monedero, según el boca a boca de la
ciudad que tan bien funciona, propiciado sin duda por la notable y
diversa concurrencia que se produce en el entorno.
De modo
que el popular mercadillo hace tiempo que quedó asociado a la cultura
soriana de los jueves. Puede que surgiera cuando de manera incipiente se
instalaran, mediados los años sesenta, unos puestos de baratijas y
plásticos -en medio del beneplácito general, que no escatimó elogios
públicos por la iniciativa- como complemento del tradicional mercado
semanal en las inmediaciones de la Plaza de Abastos, concretamente en la
del Vergel, y eventualmente en la calle Tejera, casi siempre las
vísperas de la Semana Santa donde se ofrecía al público el tradicional
romero para las celebraciones del Domingo de Ramos. Más tarde, cuando la
concurrencia de vendedores y compradores fue mayor, comenzaron los
problemas de circulación en la zona y las protestas no sólo de los
vecinos sino también de la Cámara de Comercio y de los comerciantes que
abogaban por trasladarlo a la zona del Paseo de Sa Francisco y la calle
de Santa Luisa de Marillac, la que va desde la Biblioteca Pública hasta
la antigua escuela de Magisterio, bastante alejada, en cualquier caso,
de los circuitos comerciales al uso de la ciudad y en proceso incipiente
de adquirir la configuración que tiene hoy. El malestar de unos y otros
terminó como no podía ser de otra forma en el ayuntamiento, al que no le
quedó otro remedio que acordar el traslado en un pleno “soporífero de
casi cuatro horas de duración” en el que “se expusieron argumentos para
todos los gustos”, dijo el periódico Soria-Hogar y Pueblo, desde los que
según el grupo socialista se podría molestar a los usuarios de la
biblioteca, que la construcción de nuevos edificios en el entorno iba a
ocasionar molestias y que, en fin, el tráfico de la zona iba a
reestructurarse en un futuro inmediato, hasta los que como mantenían los
concejales centristas “por un día que no se pueda leer no pasa nada”,
que espetó un conocido edil; “lo mejor es no adelantar acontecimientos”,
fue la razón esgrimida por el alcalde en referencia al tráfico; o que
hay que “proteger al comercio soriano que emplea a dos mil personas”,
añadió otro munícipe del grupo mayoritario del consistorio.
El hecho
cierto es que el cambio de ubicación no tenía vuelta atrás y salió, por
lo tanto, adelante, con los votos en contra de los socialistas, aunque
bien es verdad que tuvo que pasar casi un año para que el cambio de
ubicación fuera efectivo, no sin que, una vez materializado, se
produjera, como era de esperar, el rechazo tanto de vendedores como de
usuarios que se concretó en una reclamación escrita ante el
ayuntamiento, exponiendo sus razones que pasaban por considerar que la
zona se hallaba “alejada del centro de la ciudad” y “ser fría y
anticomercial”, además de subrayar las pérdidas económicas que suponía
para el propio mercado de Abastos y la incomodidad para las amas de casa
a la hora de hacer la compra semanal. Pero al mismo tiempo proponían
varias zonas de la ciudad en las que podría ubicarse como los arcos y el
descampado existente entonces junto a la plaza de toros, el Espolón, la
avenida de la Victoria (hoy Duques de Soria), la plaza de los Condes de
Lérida (frente a Santo Domingo) y la calle de la Doctrina hasta el
puente del Palacio de los Condes de Gómara.
No
obstante, tuvieron que transcurrir tres años más para que la corporación
municipal se planteara la reubicación del mercadillo de los jueves. Fue
en el pleno del mes de marzo del año 1984 cuando el ayuntamiento votó el
dictamen de la Comisión de Urbanismo para la nueva ubicación en la zona
que configuraban las calles de la Doctrina, San Miguel de Montenegro,
Aguirre y Plaza de Ramón Ayllón, la del Carmen, es decir, la que ocupa,
abandonando la próxima a la dehesa. Ello no obstante, no fue obstáculo
para que un mes después los vendedores se declarasen en huelga ante la
demora del consistorio en hacer efectivo el acuerdo, al estimar que las
condiciones impuestas por el ayuntamiento eran especialmente duras, pues
se pretendía reducir drásticamente el número de puestos para vendedores
además de subir los impuestos y de reducir los metros cuadrados de
ocupación y de fijar un horario que estimaron poco flexible de manera
que el que a las ocho de la mañana no tuviera montado el tenderete no
podría vender ese día. Desde sus inicios hasta hoy han transcurrido casi
cuarenta años. Y de la poco más de una docena de vendedores de los
inicios a la proliferación del momento.
©
Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de
Soria-El Mundo el 13.01.2008)
La costumbre del chateo
La
práctica, socialmente muy arraigada de manera especial entre la clase
trabajadora, tuvo su razón de ser y su pujanza durante toda una época


La palabra chateo se entiende hoy casi
exclusivamente en el contexto del lenguaje
informático. Las generaciones jóvenes, sobre todo, saben bastante de
ello. En tiempos, no. Entre otras cosas porque no sólo no se conocía la
informática sino que ni siquiera se tenía noticia de ella. El sentido
era radicalmente diferente. No tenía nada que ver con el que ahora se le
da. Chatear, hasta no hace muchos años, era ni más ni menos que hacer la
ronda alternando. Una costumbre socialmente muy arraigada de manera
especial entre las clases trabajadoras que tuvo su razón de ser y su
pujanza durante toda una época. Bien es verdad que las costumbres eran
distintas, la jornada laboral se desarrollaba de otra manera y había
tiempo para todo. Tomar un chato -un vino se dice hoy- era una de esas
costumbres de la pequeña ciudad
que teñían el rutinario panorama urbano de
un colorido especial.
Ya
entonces se decía que había demasiados bares en Soria en relación con el
número de habitantes censados y, en definitiva, potenciales consumidores
con que contaban. Pero el hecho cierto es que, al menos ese era el
sentir de la calle, siempre se dijo que los dueños de todos vivían. La
mayoría de ellos tenía clientela fija, que variaba según se tratara de
una u otra hora del día pues lógicamente no era desde luego la misma la
de media mañana, que prácticamente no existía, ya que lo de los veinte
minutos –hoy reglamentariamente cuando menos media hora- para el
desayuno no contaba con el respaldo de la legalidad que terminó por
otorgarle una realidad evidente, que la de las primeras horas de la
tarde.
No había
disco-bares, pubs, bares de copas, güisquerías, ..., ni por supuesto esa
retahíla de locales dedicados a la hostelería de rara cuando no pomposa
y extravagante denominación genérica que responde, sin duda, a las modas
de una época y en un contexto determinados, sin que todavía nadie haya
sido capaz de establecer con criterio la diferencia que pueda existir
entre uno y otros. Antaño se trataba sencillamente de bares, algunos
cafés-bares se decía, porque los locales donde únicamente se servía café
eran una especie extinguida hacía ya tiempo, y tabernas que era por lo
general donde verdaderamente la gente se reunía y alternaba.
En el
centro, en la plaza de San Clemente, surgió una zona de bares, por
cierto, desde hace ya bastantes años en proceso de declive, por más de
los continuados intentos de revitalizarla, que tomó el nombre de Tubo,
sin duda por la angostura del entorno y puede que por mimetismo con la
que con notable prosperidad venía funcionando en el centro de Zaragoza.
Fue a partir del derribo a comienzos de los años cincuenta del siglo
pasado de la iglesia que había el fondo para construir sobre su solar el
edificio que necesitó construir la Telefónica, hoy desocupado y de
propiedad particular, al establecer el servicio automático. De modo que
en tan reducido espacio urbano fueron apareciendo bares con la misma
facilidad que las setas en temporada propicia, al extremo de que no hubo
local en planta baja grande o pequeño que tuviera la condición de tal
que quedara a salvo de ser reconvertido. En un abrir y cerrar de ojos
–es un decir- fueron surgiendo sucesivamente, el Caribe, el Brasil, el
Poli y el Pacho, en tanto que enfrente abrieron el Bambi, el Patata y el
Iruña, este último ya en la plaza de San Clemente, si por el lado
izquierdo se accede a la calleja desde el tramo final de El Collado
antes de concluir en Marqués del Vadillo. La oferta la completaba el
Buja, situado enfrente, en la Aduana Vieja, en el mismo local que con
otro nombre y denominación continúa abierto en la actualidad.
Bien,
pues todos ellos, sin que se quedase de visitar ninguno salvo rara
excepción, para la que siempre sobraba justificación, los recorrían cada
mediodía nada más concluir el turno laboral de la mañana las mismas
cuadrillas de amigos. La de El Pichi y El Fisca, la de los Fletas, y la
del Pablo Caballero y el Antonio de Blas El Macheta eran algunas de las
más conocidas y habituales entre otras muchas. Pero en todo caso, el
tiempo se aprovechaba al máximo y nadie se detenía en cada una de las
estaciones –se entiende en el contexto- más de lo estrictamente
necesario porque a las tres había que enganchar de nuevo y antes había
que comer. Si no, mala cosa.
Al caer
la tarde, una vez terminada la jornada, solían volver sobre el mismo
itinerario. Y como ya no había premuras que valieran, no faltaba quien
alargaba la ruta y acudía también a La Cierva y al Aquí Te Espero, los
dos en las Puertas de Pro, para terminar en el Apolonia, en la plaza de
Herradores, y en La Oficina, al comienzo de la calle Numancia, luego de
entrar en el Lázaro, que era paso obligado. Así es que al final del día
el cupo de peleón, que por tratarse del más barato era el que
preferentemente se trasegaba, tenía su importancia, aunque sin llegar a
producir los efectos que cabía suponer dado lo ingerido, porque cada
cual sabía perfectamente hasta donde podía llegar y tenía la lucidez
suficiente para retirarse a tiempo y que la cosa quedara ahí.
El
ensanche de la ciudad trajo consigo que la zona se ampliara a lo que
entonces se dio por llamar Tubo Ancho, para diferenciarlo del otro, el
de la plaza de San Clemente y alrededores, que no era sino la calle
Vicente Tutor. En ella, en las inmediaciones del Tubo Ancho, comenzaron
a proliferar también, puede que al socaire del moderno edificio de los
sindicatos que había sustituido a las destartaladas instalaciones del
Palacio de los Condes de Gómara, los bares de chateo, en realidad los
que siguen hoy (Cisne -actual Parrita-, Dorado, Bodegón, Palafox y
Montico, acaso falte alguno y se hayan incorporado otros), pero
ciertamente entre las prisas del personal, sobre todo al mediodía, y que
no quedaba tan a mano, la realidad es que no llegó a adquirir las señas
de identidad del que hoy, después de muchos años, sigue siendo El Tubo a
secas y todo el mundo conoce.
En
cualquier caso, el alternar chateando tenía otra variante, también
perdida, pero no por ello menos enraizada entre las clases de condición
más modesta. Consistía ni más ni menos que en acudir a la taberna o
tasca, que de las dos maneras se llamaban, por la tarde, una vez dejado
el trabajo, para con la excusa de "echar un bocao" dar buena cuenta del
"porroncillo" y en ocasiones "porrón" si el grupo era más numeroso o
simplemente si se trataba de día de cobro, que también se dejaba notar.
El “bocao”, que cada cual llevaba desde casa por aquello de la economía
familiar, podía ser una ensalada de chicharrillo en escabeche de barril
de madera, de los que tarde en tarde todavía se ven en alguno de los
escasos comercios de la época que quedan, a la que se añadía cuanto más
tomate mejor, bien de cebolla y ajo abundante, o simplemente un arenque
de los que venían en cajas redondas de madera y se limpiaban con papel
de estraza que por su alto grado de salazón invitaban a la ingestión de
una mayor dosis de tintorro con las consecuencias que de ello pudieran
derivarse que, en ocasiones, efectivamente, se producían. Los que tenían
trabajo fijo y como consecuencia mayo poder adquisitivo se podían
permitir el lujo de meterse entre pecho y espalda hasta una cabecilla
asada o una ración de lo que fuera, por lo general productos de
casquería como callos, morreras o similar.
El
Rangil y el Morcilla, enfrente el uno del otro, en la zona del Ferial;
la Taberna del Agujero, muy próxima a los dos, aunque cerrada mucho
antes; el Ventorro antiguo, casi en las afueras de la ciudad, muy
cerca del actual aunque en local diferente, al que acudían mayormente
los ferroviarios; el Mandarria, en la calle Real; el Augusto y la
Alegría del Puente, a la entrada del puente de piedra saliendo de la
ciudad, y Casa Félix en la plaza de Abastos, uno de los últimos
establecimientos de este tipo en desaparecer, eran algunos de los que
funcionaban y tenían más éxito y clientela. La parroquia de todos ellos
era en verdad de lo más
singular y heterogénea. Predominaba la clase
obrera, aunque también acudían otro tipo de individuos pudiera decirse
que de consideración social superior, que aparcaban en la calle. De
modo que en tan cutres establecimientos alternaban, y compartían por
supuesto mesa y como no podía ser de otra manera también tertulia,
merienda y porrón, el albañil y el funcionario, el limpiabotas y el
maestro, el zapatero remendón y el secretario del gobernador, el
matarife y el representante de comercio, el mozo de cuerda y el policía
secreta, el oficinista y el enterrador, el empleado de consumos y el
señorito, y, en fin, el mecánico y el trapero por ejemplo, sin ningún
tipo de jerarquía que valiera. Era, por otra parte, la única manera de
dar contenido al tiempo libre al mucho de que se disponía entonces en
una época en la que la palabra ocio era casi hasta una perversión pues
no en balde se encontraba en el vocabulario de muy pocos, y desde luego
no en el de esta gente de la que se está hablando, con el riesgo que
suponía salir, como solía suceder a menudo, bien colocao si por
lo que fuera la velada se prolongaba más de la cuenta.
©
Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de
Soria-El Mundo el 8 de julio de 2007)
La costumbre de “ir de
campo”
La práctica, socialmente arraigada en la
época, suponía una de las contadas posibilidades de esparcimiento del
verano soriano

Para los sorianos, las fiestas de
San Juan, siempre han marcado un antes y un después. En tiempos, mucho
más que hoy, el “martes a escuela” venía a suponer de hecho el arranque
de la temporada estival y la ciudad parecía desperezarse del letargo
invernal. De ahí que en verano, "ir de campo" fuera durante muchos años
una expresión de lo más corriente en el lenguaje coloquial de la
sociedad soriana de la posguerra. Hoy no se va de campo. Se va,
fundamentalmente, a la piscina a "ligar bronce"; a esas áreas
recreativas, la mayoría por no decir todas, todavía en precario, que se
inventó en los montes la Administración de entonces, la llamada
franquista para entendernos, y que las que le han seguido no ha sido
capaz de dotar del contenido que inspiró su creación, al menos aquí en
Soria; y a poco más.
Pero no es lo mismo ir a la piscina o al
Pantano, por poner un ejemplo, que "ir de campo". Porque esto era otra
cosa. Al menos por el recuerdo de las gentes de la época. Hoy, ir a la
piscina, es sencilla y llanamente ir a darse un chapuzón y tomar el sol,
de manera que cuando uno haga vida de sociedad su tez presente el color
bronceado propio de la estación, antes se decía moreno o sencillamente
negro, aunque en definitiva venga a ser lo mismo, que no es sino el
prurito y el tono de distinción de los tiempos.
A la piscina normalmente suele ir uno
solo y cuando más en pareja, con el tiempo justo y sin otro fin que el
ya indicado. A las áreas recreativas, que de eso apenas si les queda el
nombre, se suele acudir en familia o con grupos de amigos, pero todo hay
que decirlo, de manera muy diferente a como se hacía en los difíciles
años que siguieron a la Guerra Civil.
Cierto que la sociedad de los años
cuarenta y principio de los cincuenta poco o nada tenía que ver con la
de ahora. Los contados coches que circulaban entonces eran de gentes de
la clase acomodada que, desde luego, no los utilizaban para este tipo de
esparcimiento pudiera decirse menor, reservado a los que careciendo de
medio de locomoción propio no tenían más remedio que utilizar el
transporte público en el mejor de los casos. Otro tanto sucedía con el
monte como bien natural en el que poder cultivar la cultura del ocio.
Porque las posibilidades de la Playa Pita, por señalar un paraje
conocido y apreciado hoy por la generalidad, no era sino que una parte
más del inmenso bosque del Noroeste de la provincia en el mismísimo
embalse de la Cuerda del Pozo, pero completamente desconocido y a
desmano salvo para los nativos de la zona.
Pero no por eso las gentes de la clase
modesta de la Soria de entonces, que eran la mayoría, dejaban pasar la
ocasión de aprovechar las escasas posibilidades que se les ofrecían para
el esparcimiento, aunque para ellos lógicamente el abanico para el solaz
no tuviera la diversidad de estos tiempos modernos.
La falta de piscinas, al menos públicas,
que no existían una sola en toda la provincia, y la ausencia de esas mal
llamadas áreas recreativas que hace relativamente pocos años surgieron
de buenas a primeras en los montes sorianos, no fueron el menor
obstáculo para que cada cual se lo montase a su manera y disfrutase de
lo lindo de lo que la naturaleza le ofrecía.
Siendo como era la jornada laboral
bastante más larga que la de hoy, sin fines de semana ni cosa que se le
pareciera, pues los sábados por la tarde eran hábiles e incluso algunos
establecimientos del ramo de la alimentación abrían los domingos por la
mañana, el asueto quedaba reducido a los domingos y "fiestas de
guardar", que sí que se respetaban. Y se aprovechaban para "ir de
campo".
Al campo iban grupos de amigos,
normalmente solo de hombres ya adultos, pues rara vez les solían
acompañar mujeres y, desde luego, nunca estas solas, pero sobre todo
familias y en fechas tan señaladas como el dieciocho de julio y alguna
otra, por ejemplo, los dueños de los comercios y de las pequeñas
industrias con sus asalariados, a los que tenían por costumbre invitar
coincidiendo con el abono de la paga extraordinaria establecida por el
Régimen.
Claro que entonces los desplazamientos
para pasar un día de campo eran bastante más cortos. Porque lo habitual
era bajar al Perejinal o al Soto Playa, antes de la remodelación que
llevó a cabo la Obra Sindical Educación y Descanso, hasta que con el
paso del tiempo y por la inutilidad de la instalación, derivó en el
estado ruinoso en que hoy se encuentra, si es que no se quería salir de
la ciudad.
El Perejinal, con algunas zonas de baño
en su entorno, como el Peñón y Peñamala, entre otras, era muy visitado;
contaba además con el aliciente añadido de estar garantizada la captura,
a mano, de los riquísimos cangrejos con que aderezar la obligada paella,
porque el río no estaba tan vigilado como hoy, por más que en la
actualidad tampoco falten furtivos que continúen operando con evidente
destreza no exenta de impunidad, al menos por lo que se cuenta.
El Soto Playa, algo más cerca de la
ciudad, siempre tuvo el inconveniente de la cloaca existente unos metros
aguas arriba del puente de hierro, donde hasta no hace muchos años uno
mismo ha podido constatar la presencia de pescadores en busca de cebo en
época de la desveda.


La construcción de la presa del embalse
de Los Rábanos, sin una sola voz que clamase en contra de su ubicación,
porque cuando se llevó a cabo tampoco se hubiera permitido, terminó con
uno de los parajes más entrañables del Duero a su paso por Soria,
convirtiendo la zona de baño en un foco de porquería, sin que la
depuradora construida años más tarde en las inmediaciones de La Rumba,
cuyas bondades quiso vender la Administración desde un oficialismo
caduco cual si tratara de hacer comulgar a la ciudadanía con ruedas de
molino, viniera a resolver un problema que, aunque con el reciente
lavado de cara del entorno, sigue estando ahí y que no hay más remedio
que acometer con carácter de urgencia, al margen de las mil historias
que se vienen contando a diario, en espera de que llegue la solución
deseada.
Fuera de la ciudad, Maltoso, hoy
totalmente perdido por la construcción de alguna nave de ganado, la
proximidad del vertedero de basuras por fin sellado, y el abandono del
entorno -aún puede verse la casilla del ferrocarril semiderruida-, y La
Sequilla, aguas abajo del Duero en las proximidades de Valhondo, eran
otros de los lugares elegidos por los sorianos para sus excursiones
domingueras y festivas del verano. El desplazamiento sobre todo a La
Sequilla, cuyo paraje quedaría anegado también a raíz de la construcción
de la aludida presa de Los Rábanos, era más largo, pero contaba con el
encanto especial del río y la presa de la central eléctrica y, sobre
todo, con sus escarpados alrededores, muy atractivos para romper con la
rutina diaria.


Y, ya, sin otra solución que hacer uso
del transporte público, era frecuente "ir de campo" a Garray o Martialay.
Si el lugar elegido era el primero, lo normal era hacer el viaje de ida
en el autobús que hacía el servicio regular entre Soria y Calahorra, que
salía hacia las diez y media de la mañana, y la vuelta andando por el
camino romano, ante la imposibilidad de combinar la hora de regreso con
la del coche de línea que lo hacía a media tarde, con evidente adelanto
respecto de las previsiones de cada cual.
En la localidad garreña el lugar elegido
para la estancia campestre, al contrario de lo que sucede hoy que se ha
desplazado a la parte de arriba, era la pradera existente aguas abajo
del puente en la mismísima falda del cerro de La Muela, donde tampoco
entrañaba demasiada dificultad la captura a mano de algunos de los
abundantes cangrejos autóctonos que poblaban los ríos que discurren por
el término municipal, sobre todo el Merdancho.


Para ir a Martialay había que tomar el
tren. El que iba a Calatayud. Solían viajar en él, además de los
ocasionales domingueros que "iban de campo", cargados de mil cosas, sin
que en ningún caso faltase la paellera, grupos de cazadores que en la
época de la desveda de la codorniz acudían al Campo de Gómara y a
pueblos de más allá incluso. Salía de Soria no mucho más tarde de las
seis de la mañana. De manera que en media hora se estaba en el lugar de
destino y con todo el día por delante, en el que había tiempo para poner
unas varetas con liga para los pájaros, que fritos sabían a gloria, y
llevar a cabo las más variadas actividades que ayudasen a hacer amena la
jornada. El regreso se hacía también en tren, en el que volvían los
cazadores relatando con la minuciosidad y la fantasía que siempre les ha
caracterizado toda una serie de particularidades que sinceramente a muy
pocos interesaba. Alrededor de las diez de la noche, el tren estaba en
el andén de la estación.
©
Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de
Soria-El Mundo el 8 de julio de 2007)
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