Soria Siglo XX

Soria de Ayer y Hoy (3)

© Joaquín Alcalde

Oficios desaparecidos

El Mercadillo de los jueves

La costumbre del chateo

La costumbre de “ir de campo”

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Oficios desaparecidos

El cambio de hábitos de la sociedad de consumo y las nuevas tecnologías posibilitaron la desaparición de una serie de oficios que además de ser parte integrante de nuestra cultura constituían el medio de vida de los profesionales que los ejercían

 Trabajar para vivir 

En estos tiempos que corren, en realidad desde hace ya algunas décadas, proliferan los mercados medievales y las ferias de artesanía. Unas manifestaciones que van más allá de lo cultural, que es en el marco en el que fundamentalmente nacieron, pero que a base de repetirse con una precisa regularidad han dejado de suscitar, salvo en casos y situaciones muy concretas, la expectación y, por qué no, el interés y la curiosidad de los primeros momentos, cuando constituían una auténtica novedad. Era una manera de presentar a la sociedad del momento una serie de oficios artesanos –entendido el término en sentido amplio-, algunos en evolución y otros hacía ya tiempo desaparecidos, que formaban parte de nuestras costumbres y modos de vida y, para los sectores afectados, su medio de subsistencia.

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Lavanderas, Soto Playa

Antaño no existían este tipo de manifestaciones, al menos con la ostentación y, si se quiere, el ceremonial de ahora. Todo resultaba bastante más sencillo y diferente, incluso más cutre, porque también las circunstancias eran otras, y solían circunscribirse al mercado semanal de los jueves pero sobre todo a las ferias de ganados de marzo y septiembre que era cuando bajo su paraguas la práctica de bastantes de los oficios ya en desuso emergían por imperativo de las necesidades propias de fechas tan estratégicas. En cualquier caso, de buena parte de aquellas ocupaciones que gracias a las ferias de artesanía y eventos similares pueden conocer las generaciones modernas, queda poco más que el recuerdo. Se desempeñaban en una especie de servicio a domicilio, sobre todo en el ejercicio de las actividades más modestas, en las que lo único que necesitaba quien se dedicaba al oficio era un conjunto de herramientas y materiales de lo más básico, por utilizar una terminología al uso, con los que poder desarrollar su tarea, porque el taller de operaciones lo establecía en plena calle, a medida que le iba saliendo faena. De tal manera que este abigarrado conjunto de individuos y actividades daba la impresión de formar parte del paisaje urbano ofreciendo escenas entrañables e irrepetibles. Puede que uno de los casos más singulares fuera el de los estañadores, unos ambulantes que callejeaban a diario por la ciudad con su vieja y cochambrosa caja de útiles a cuestas voceando su presencia para conocimiento general de las mujeres del barrio, que eran su mejor clientela. También en el buen tiempo y durante los meses de verano no resultaba difícil encontrarse en cualquier rincón de la población, por muy próximo que estuviera al centro, con el colchonero vareando la lana para que se ahuecara y los colchones pudieran recuperar su confortabilidad. Eran asimismo ambulantes los traperos, unos tipos peculiares que compraban y vendían de todo y, si era preciso, incluso retiraban a domicilio basuras y desechos, con los que traficaban y se ganaban el sustento, vamos todo aquello que no iba literalmente al carro de la basura pues no conviene perder la perspectiva de que lo que ahora denominamos residuos sólidos urbanos se recogía por este arcaico procedimiento, es decir, con un carro tirado por una mula que mediante un servicio organizado recorría cada día las calles de la capital. Un oficio que igualmente pasó a la historia fue el de limpiabotas;  quienes se dedicaban a él solían tener recorrido y clientela fijos y, los más considerados, puesto estable en los cafés y bares de mayor reputación. Pues bien, este variado conjunto de personajes, o la mayoría de quienes ejercían las tareas, eran suficientemente conocidos en la capital no tanto por su nombre de pila como por su alias, que por lo general solía hacer referencia a la ocupación que desempeñaban pero que, en definitiva, venía a añadir una nota de tipismo a las de por sí actividades singulares que vistas desde la perspectiva actual da la impresión de rozar fantástico si es que no lo irreal.

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Guardia de circulación, Avenida Navarra

En este apresurado recorrido por los oficios y/o profesiones desaparecidas no puede, ni debe, omitirse por ejemplo el de los mozos de cuerda, aquellos hombres serviciales que con una carretilla de mano como toda herramienta de trabajo atendían solícitos a los viajeros que llegaban a la ciudad en los anticuados coches de línea y, si lo hacían en tren, a la desaparecida Estación Vieja, trasladándoles el equipaje a su punto de destino mediante el cobro, según tarifa autorizada por el ayuntamiento, de una pequeña –casi simbólica- cantidad de dinero que ya entonces resultaba irrisoria, por más que al final de la jornada hubieran logrado reunir una suma nada despreciable para lo que era habitual en la época. El listado daría, obviamente, para otros muchos. Queden, no obstante, como testimonio de oficios desaparecidos, o escasamente practicados, el de herrador, segador, esquilador, carbonero y carretero, del mismo modo que los de herrero, sacristán, guarnicionero, sillero, santero, lavandera, pregonero, consumero, sereno, guardia de circulación y churrero, por citar algunos.

         

© Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de Soria-El Mundo el 27.11.2011)

 

El Mercadillo de los jueves

Con una oferta de lo más variada y singular, surgió a mediados de los años sesenta al abrigo del tradicional mercado semanal

Siempre se ha dicho que los sorianos son, somos, de costumbres fijas. Tan es así que durante muchísimos años, según cuentan los más mayores, parafraseando lo que ha terminado por convertirse en moneda de uso en cualquier conversación que siempre deriva en lo local, en Soria capital se estuvo celebrando el tradicional mercado semanal de los jueves, antaño con notable concurrencia, pero desaparecido hace ya algunas décadas, la misma suerte que había corrido antes el de cereales en la Plaza Mayor que intentó recuperar, con poco éxito porque enseguida dejó de funcionar y cuando lo hizo fue con no demasiada concurrencia, uno de los ayuntamientos de la época allá por los años cincuenta del siglo pasado.

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El mercado de los jueves

De aquel mercado semanal de los jueves, el de siempre, que supervivió en decadencia al del grano, queda como testimonio poco más que una mayor afluencia que de ordinario a la Plaza de Abastos de vendedores -y por lo tanto de compradores- de frutas y verduras, casi en su mayoría, amén que de algún que otro ambulante, y naturalmente esa reunión de gentes llegadas de nuestros pueblos que se instalan en torno al mediodía en las inmediaciones del Torcuato como queriendo dejar constancia de que, pese al transcurrir del tiempo y que la convocatoria se encuentre desde hace tiempo desnaturalizada, se resisten a abandonar la vieja costumbre de desplazarse cada jueves a la capital como si de un ritual más de su acontecer diario se tratara; tertulia que cuando la meteorología se torna más rigurosa –en los meses de invierno- se traslada a la solana de la Plaza de San Esteban, delante de la farmacia de Carrascosa, y  últimamente y casi como norma de obligado cumplimiento a uno de los bares del final de la calle Marqués de Vadillo, frente a la Plaza de Herradores, donde los contertulios se encuentran a cubierto de cualquier inclemencia. Es una de las escasas estampas entrañables que queda de la Soria provinciana de una época ya lejana y desconocida para una mayoría importante, que goza de la general complacencia y es, de hecho, una de las referencias de las mañanas de los jueves sorianos, por más que de vez en cuando todavía se pueda seguir escuchando algún que otro lamento –a veces airado-, en clave de queja, de quien o quienes, sin duda ajenos a la realidad pero sobre todo desconocedores de las costumbres de las gentes de esta tierra, abominan de la imagen que proyecta la ciudad en lugar tan céntrico y transitado como es El Collado -en jueves puntuales del año un auténtico hervidero-, que suele llamar la atención de los ocasionales visitantes.

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Mercado ecológico en Soria

Sin embargo, los tiempos modernos trajeron nuevos modos de vida de la sociedad soriana. De manera que, por ejemplo, el mercadillo semanal, esa especie de rastrillo que funciona también los jueves detrás de la Plaza de Abastos y más concretamente en la calle Doctrina, la Plaza del Carmen y la calle Aguirre, frente al Palacio de los Condes de Gómara, puede que surgiera al socaire del mercado de siempre con una oferta de lo más variada que pueda uno imaginarse. De todos modos no resulta ciertamente tarea fácil situar la fecha exacta en que comenzó a funcionar, aunque bien pudiera ser al inicio de la década de los setenta. En el mercadillo se vende de todo. Desde baratijas en el sentido más amplio –o sea relojes y monederos-, hasta marcas modernas de calzado; desde productos de floristería hasta ropa de caballero, y desde CDs (discos compactos) hasta lencería. Por eso no resulta extraño que compartan espacio y se encuentren en el obligado recorrido por los tenderetes, el ama de casa de toda la vida, el ejecutivo, el jubilado como fórmula que no desaprovecha para matar un buen rato del abundante tiempo libre de que dispone, la funcionaria –de cualquier cuerpo y escala - que acostumbra a sacrificar el tiempo del café para buscar lo que necesita con urgencia, despistados que terminan encontrándose después de mucho tiempo sin verse y, en general, todo aquél o aquélla sin otra ocupación la mañana del jueves que la de merodear por el entorno, es decir, el mero curioso que cunde y se le nota lo suyo. Es un verdadero rastrillo, semejante al que también con periodicidad semanal se instala en otros muchos pueblos y ciudades españolas, en el que puede encontrarse de todo y a veces desaparezca también algún que otro monedero, según el boca a boca de la ciudad que tan bien funciona, propiciado sin duda por la notable y diversa concurrencia que se produce en el entorno.

De modo que el popular mercadillo hace tiempo que quedó asociado a la cultura soriana de los jueves. Puede que surgiera cuando de manera incipiente se instalaran, mediados los años sesenta, unos puestos de baratijas y plásticos -en medio del beneplácito general, que no escatimó elogios públicos por la iniciativa- como complemento del tradicional mercado semanal en las inmediaciones de la Plaza de Abastos, concretamente en la del Vergel, y eventualmente en la calle Tejera, casi siempre las vísperas de la Semana Santa donde se ofrecía al público el tradicional romero para las celebraciones del Domingo de Ramos. Más tarde, cuando la concurrencia de vendedores y compradores fue mayor, comenzaron los problemas de circulación en la zona y las protestas no sólo de los vecinos sino también de la Cámara de Comercio y de los comerciantes que abogaban por trasladarlo a la zona del Paseo de Sa Francisco y la calle de Santa Luisa de Marillac, la que va desde la Biblioteca Pública hasta la antigua escuela de Magisterio, bastante alejada, en cualquier caso, de los circuitos comerciales al uso de la ciudad y en proceso incipiente de adquirir la configuración que tiene hoy.  El malestar de unos y otros terminó como no podía ser de otra forma en el ayuntamiento, al que no le quedó otro remedio que acordar el traslado en un pleno “soporífero de casi cuatro horas de duración” en el que “se expusieron argumentos para todos los gustos”, dijo el periódico Soria-Hogar y Pueblo, desde los que según el grupo socialista se podría molestar a los usuarios de la biblioteca, que la construcción de nuevos edificios en el entorno iba a ocasionar molestias y que, en fin, el tráfico de la zona iba a reestructurarse en un futuro inmediato, hasta los que como mantenían los concejales centristas “por un día que no se pueda leer no pasa nada”, que espetó un conocido edil; “lo mejor es no adelantar acontecimientos”, fue la razón esgrimida por el alcalde en referencia al tráfico; o que hay que “proteger al comercio soriano que emplea a dos mil personas”, añadió otro munícipe del grupo mayoritario del consistorio.

El hecho cierto es que el cambio de ubicación no tenía vuelta atrás y salió, por lo tanto, adelante, con los votos en contra de los socialistas, aunque bien es verdad que tuvo que pasar casi un año para que el cambio de ubicación fuera efectivo, no sin que, una vez materializado, se produjera, como era de esperar, el rechazo tanto de vendedores como de usuarios que se concretó en una reclamación escrita ante el ayuntamiento, exponiendo sus razones que pasaban por considerar que la zona se hallaba “alejada del centro de la ciudad” y “ser fría y anticomercial”, además de subrayar las pérdidas económicas que suponía para el propio mercado de Abastos y la incomodidad para las amas de casa a la hora de hacer la compra semanal. Pero al mismo tiempo proponían varias zonas de la ciudad en las que podría ubicarse como los arcos y el descampado existente entonces junto a la plaza de toros,  el Espolón, la avenida de la Victoria (hoy Duques de Soria), la plaza de los Condes de Lérida (frente a Santo Domingo) y la calle de la Doctrina hasta el puente del Palacio de los Condes de Gómara.

No obstante, tuvieron que transcurrir tres años más para que la corporación municipal se planteara la reubicación del mercadillo de los jueves. Fue en el pleno del mes de marzo del año 1984 cuando el ayuntamiento votó el dictamen de la Comisión de Urbanismo para la nueva ubicación en la zona que configuraban las calles de la Doctrina, San Miguel de Montenegro, Aguirre y Plaza de Ramón Ayllón, la del Carmen, es decir, la que ocupa, abandonando la próxima a la dehesa. Ello no obstante, no fue obstáculo para que un mes después los vendedores se declarasen en huelga ante la demora del consistorio en hacer efectivo el acuerdo, al estimar que las condiciones impuestas por el ayuntamiento eran especialmente duras, pues se pretendía reducir drásticamente el número de puestos para vendedores además de subir los impuestos y de reducir los metros cuadrados de ocupación y de fijar un horario que estimaron poco flexible de manera que el que a las ocho de la mañana no tuviera montado el tenderete no podría vender ese día. Desde sus inicios hasta hoy han transcurrido casi cuarenta años. Y de la poco más de una docena de vendedores de los inicios a la proliferación del momento.

© Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de Soria-El Mundo el 13.01.2008)

 

La costumbre del chateo

La práctica, socialmente muy arraigada de manera especial entre la clase trabajadora, tuvo su razón de ser y su pujanza durante toda una época 

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La palabra chateo se entiende hoy casi exclusivamente en el contexto del lenguaje informático. Las generaciones jóvenes, sobre todo, saben bastante de ello. En tiempos, no. Entre otras cosas porque no sólo no se conocía la informática sino que ni siquiera se tenía noticia de ella. El sentido era radicalmente diferente. No tenía nada que ver con el que ahora se le da. Chatear, hasta no hace muchos años, era ni más ni menos que hacer la ronda alternando. Una costumbre socialmente muy arraigada de manera especial entre las clases trabajadoras que tuvo su razón de ser y su pujanza durante toda una época. Bien es verdad que las costumbres eran distintas, la jornada laboral se desarrollaba de otra manera y había tiempo para todo. Tomar un chato -un vino se dice hoy- era una de esas costumbres de la pequeña ciudad que teñían el rutinario panorama urbano de un colorido especial.

Ya entonces se decía que había demasiados bares en Soria en relación con el número de habitantes censados y, en definitiva, potenciales consumidores con que contaban. Pero el hecho cierto es que, al menos ese era el sentir de la calle, siempre se dijo que los dueños de todos vivían. La mayoría de ellos tenía clientela fija, que variaba según se tratara de una u otra hora del día pues lógicamente no era desde luego la misma la de media mañana, que prácticamente no existía, ya que lo de los veinte minutos –hoy reglamentariamente cuando menos media hora- para el desayuno no contaba con el respaldo de la legalidad que terminó por otorgarle una realidad evidente, que la de las primeras horas de la tarde.

No había disco-bares, pubs, bares de copas, güisquerías, ..., ni por supuesto esa retahíla de locales dedicados a la hostelería de rara cuando no pomposa y extravagante denominación genérica que responde, sin duda, a las modas de una época y en un contexto determinados, sin que todavía nadie haya sido capaz de establecer con criterio la diferencia que pueda existir entre uno y otros. Antaño se trataba sencillamente de bares, algunos cafés-bares se decía, porque los locales donde únicamente se servía café eran una especie extinguida hacía ya tiempo, y tabernas que era por lo general donde verdaderamente la gente se reunía y alternaba.

En el centro, en la plaza de San Clemente, surgió una zona de bares, por cierto, desde hace ya bastantes años en proceso de declive, por más de los continuados intentos de revitalizarla, que tomó el nombre de Tubo, sin duda por la angostura del entorno y puede que por mimetismo con la que con notable prosperidad venía funcionando en el centro de Zaragoza. Fue a partir del derribo a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado de la iglesia que había el fondo para construir sobre su solar el edificio que necesitó construir la Telefónica, hoy desocupado y de propiedad particular, al establecer el servicio automático. De modo que en tan reducido espacio urbano fueron apareciendo bares con la misma facilidad que las setas en temporada propicia, al extremo de que no hubo local en planta baja grande o pequeño que tuviera la condición de tal que quedara a salvo de ser reconvertido. En un abrir y cerrar de ojos –es un decir- fueron surgiendo sucesivamente, el Caribe, el Brasil, el Poli y el Pacho, en tanto que enfrente abrieron el Bambi, el Patata y el Iruña, este último ya en la plaza de San Clemente, si por el lado izquierdo se accede a la calleja desde el tramo final de El Collado antes de concluir en Marqués del Vadillo. La oferta la completaba el Buja, situado enfrente, en la Aduana Vieja, en el mismo local que con otro nombre y denominación continúa abierto en la actualidad.

Bien, pues todos ellos, sin que se quedase de visitar ninguno salvo rara excepción, para la que siempre sobraba justificación, los recorrían cada mediodía nada más concluir el turno laboral de la mañana las mismas cuadrillas de amigos. La de El Pichi y El Fisca, la de los Fletas, y la del Pablo Caballero y el Antonio de Blas El Macheta eran algunas de las más conocidas y habituales entre otras muchas. Pero en todo caso, el tiempo se aprovechaba al máximo y nadie se detenía en cada una de las estaciones –se entiende en el contexto- más de lo estrictamente necesario porque a las tres había que enganchar de nuevo y antes había que comer. Si no, mala cosa.

Al caer la tarde, una vez terminada la jornada, solían volver sobre el mismo itinerario. Y como ya no había premuras que valieran, no faltaba quien alargaba la ruta y acudía también a La Cierva y al Aquí Te Espero, los dos en las Puertas de Pro, para terminar en el Apolonia, en la plaza de Herradores, y en La Oficina, al comienzo de la calle Numancia, luego de entrar en el Lázaro, que era paso obligado. Así es que al final del día el cupo de peleón, que por tratarse del más barato era el que preferentemente se trasegaba, tenía su importancia, aunque sin llegar a producir los efectos que cabía suponer dado lo ingerido, porque cada cual sabía perfectamente hasta donde podía llegar y tenía la lucidez suficiente para retirarse a tiempo y que la cosa quedara ahí.

El ensanche de la ciudad trajo consigo que la zona se ampliara a lo que entonces se dio por llamar Tubo Ancho, para diferenciarlo del otro, el de la plaza de San Clemente y alrededores, que no era sino la calle Vicente Tutor. En ella, en las inmediaciones del Tubo Ancho, comenzaron a proliferar también, puede que al socaire del moderno edificio de los sindicatos que había sustituido a las destartaladas instalaciones del Palacio de los Condes de Gómara, los bares de chateo, en realidad los que siguen hoy (Cisne -actual Parrita-, Dorado, Bodegón, Palafox y Montico, acaso falte alguno y se hayan incorporado otros), pero ciertamente entre las prisas del personal, sobre todo al mediodía, y que no quedaba tan a mano, la realidad es que no llegó a adquirir las señas de identidad del que hoy, después de muchos años, sigue siendo El Tubo a secas y todo el mundo conoce.

En cualquier caso, el alternar chateando tenía otra variante, también perdida, pero no por ello menos enraizada entre las clases de condición más modesta. Consistía ni más ni menos que en acudir a la taberna o tasca, que de las dos maneras se llamaban, por la tarde, una vez dejado el trabajo, para con la excusa de "echar un bocao" dar buena cuenta del "porroncillo" y en ocasiones "porrón" si el grupo era más numeroso o simplemente si se trataba de día de cobro, que también se dejaba notar. El “bocao”, que cada cual llevaba desde casa por aquello de la economía familiar, podía ser una ensalada de chicharrillo en escabeche de barril de madera, de los que tarde en tarde todavía se ven en alguno de los escasos comercios de la época que quedan, a la que se añadía cuanto más tomate mejor, bien de cebolla y ajo abundante, o simplemente un arenque de los que venían en cajas redondas de madera y se limpiaban con papel de estraza que por su alto grado de salazón invitaban a la ingestión de una mayor dosis de tintorro con las consecuencias que de ello pudieran derivarse que, en ocasiones, efectivamente, se producían. Los que tenían trabajo fijo y como consecuencia mayo poder adquisitivo se podían permitir el lujo de meterse entre pecho y espalda hasta una cabecilla asada o una ración de lo que fuera, por lo general productos de casquería como callos, morreras o similar.

El Rangil y el Morcilla, enfrente el uno del otro, en la zona del Ferial; la Taberna del Agujero, muy próxima a los dos, aunque cerrada mucho antes; el Ventorro antiguo, casi en las afueras de la ciudad, muy cerca del actual aunque en local diferente, al que acudían mayormente los ferroviarios; el Mandarria, en la calle Real; el Augusto y la Alegría del Puente, a la entrada del puente de piedra saliendo de la ciudad, y Casa Félix en la plaza de Abastos, uno de los últimos establecimientos de este tipo en desaparecer, eran algunos de los que funcionaban y tenían más éxito y clientela. La parroquia de todos ellos era en verdad de lo más singular y heterogénea. Predominaba la clase obrera, aunque también acudían otro tipo de individuos pudiera decirse que de consideración social superior, que  aparcaban en la calle. De modo que en tan cutres establecimientos alternaban, y compartían por supuesto mesa y como no podía ser de otra manera también tertulia, merienda y porrón, el albañil y el funcionario, el limpiabotas y el maestro, el zapatero remendón y el secretario del gobernador, el matarife y el representante de comercio, el mozo de cuerda y el policía secreta, el oficinista y el enterrador, el empleado de consumos y el señorito, y, en fin, el mecánico y el trapero por ejemplo, sin ningún tipo de jerarquía que valiera. Era, por otra parte, la única manera de dar contenido al tiempo libre al mucho de que se disponía entonces en una época en la que la palabra ocio era casi hasta una perversión pues no en balde se encontraba en el vocabulario de muy pocos, y desde luego no en el de esta gente de la que se está hablando, con el riesgo que suponía salir, como solía suceder a menudo, bien colocao si por lo que fuera la velada se prolongaba más de la cuenta.

 © Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de Soria-El Mundo el 8 de julio de 2007)

 

 

La costumbre de “ir de campo”

La práctica, socialmente arraigada en la época, suponía una de las contadas posibilidades de esparcimiento del verano soriano

Para los sorianos, las fiestas de San Juan, siempre han marcado un antes y un después. En tiempos, mucho más que hoy, el “martes a escuela” venía a suponer de hecho el arranque de la temporada estival y la ciudad parecía desperezarse del letargo invernal. De ahí que en verano, "ir de campo" fuera durante muchos años una expresión de lo más corriente en el lenguaje coloquial de la sociedad soriana de la posguerra. Hoy no se va de campo. Se va, fundamentalmente, a la piscina a "ligar bronce"; a esas áreas recreativas, la mayoría por no decir todas, todavía en precario, que se inventó en los montes la Administración de entonces, la llamada franquista para entendernos, y que las que le han seguido no ha sido capaz de dotar del contenido que inspiró su creación, al menos aquí en Soria; y a poco más.

Pero no es lo mismo ir a la piscina o al Pantano, por poner un ejemplo, que "ir de campo". Porque esto era otra cosa. Al menos por el recuerdo de las gentes de la época. Hoy, ir a la piscina, es sencilla y llanamente ir a darse un chapuzón y tomar el sol, de manera que cuando uno haga vida de sociedad su tez presente el color bronceado propio de la estación, antes se decía moreno o sencillamente negro, aunque en definitiva venga a ser lo mismo, que no es sino el prurito y el tono de distinción de los tiempos. 

A la piscina normalmente suele ir uno solo y cuando más en pareja, con el tiempo justo y sin otro fin que el ya indicado. A las áreas recreativas, que de eso apenas si les queda el nombre, se suele acudir en familia o con grupos de amigos, pero todo hay que decirlo, de manera muy diferente a como se hacía en los difíciles años que siguieron a la Guerra Civil.

Cierto que la sociedad de los años cuarenta y principio de los cincuenta poco o nada tenía que ver con la de ahora. Los contados coches que circulaban entonces eran de gentes de la clase acomodada que, desde luego, no los utilizaban para este tipo de esparcimiento pudiera decirse menor, reservado a los que careciendo de medio de locomoción propio no tenían más remedio que utilizar el transporte público en el mejor de los casos. Otro tanto sucedía con el monte como bien natural en el que poder cultivar la cultura del ocio. Porque las posibilidades de la Playa Pita, por señalar un paraje conocido y apreciado hoy por la generalidad, no era sino que una parte más del inmenso bosque del Noroeste de la provincia en el mismísimo embalse de la Cuerda del Pozo, pero completamente desconocido y a desmano salvo para los nativos de la zona.

Pero no por eso las gentes de la clase modesta de la Soria de entonces, que eran la mayoría, dejaban pasar la ocasión de aprovechar las escasas posibilidades que se les ofrecían para el esparcimiento, aunque para ellos lógicamente el abanico para el solaz no tuviera la diversidad de estos tiempos modernos.

La falta de piscinas, al menos públicas, que no existían una sola en toda la provincia, y la ausencia de esas mal llamadas áreas recreativas que hace relativamente pocos años surgieron de buenas a primeras en los montes sorianos, no fueron el menor obstáculo para que cada cual se lo montase a su manera y disfrutase de lo lindo de lo que la naturaleza le ofrecía.

Siendo como era la jornada laboral bastante más larga que la de hoy, sin fines de semana ni cosa que se le pareciera, pues los sábados por la tarde eran hábiles e incluso algunos establecimientos del ramo de la alimentación abrían los domingos por la mañana, el asueto quedaba reducido a los domingos y "fiestas de guardar", que sí que se respetaban. Y se aprovechaban para "ir de campo".

Al campo iban grupos de amigos, normalmente solo de hombres ya adultos, pues rara vez les solían acompañar mujeres y, desde luego, nunca estas solas, pero sobre todo familias y en fechas tan señaladas como el dieciocho de julio y alguna otra, por ejemplo, los dueños de los comercios y de las pequeñas industrias con sus asalariados, a los que tenían por costumbre invitar coincidiendo con el abono de la paga extraordinaria establecida por el Régimen.

Claro que entonces los desplazamientos para pasar un día de campo eran bastante más cortos. Porque lo habitual era bajar al Perejinal o al Soto Playa, antes de la remodelación que llevó a cabo la Obra Sindical Educación y Descanso, hasta que con el paso del tiempo y por la inutilidad de la instalación, derivó en el estado ruinoso en que hoy se encuentra, si es que no se quería salir de la ciudad.

El Perejinal, con algunas zonas de baño en su entorno, como el Peñón y Peñamala, entre otras, era muy visitado; contaba además con el aliciente añadido de estar garantizada la captura, a mano, de los riquísimos cangrejos con que aderezar la obligada paella, porque el río no estaba tan vigilado como hoy, por más que en la actualidad tampoco falten furtivos que continúen operando con evidente destreza no exenta de impunidad, al menos por lo que se cuenta.

El Soto Playa, algo más cerca de la ciudad, siempre tuvo el inconveniente de la cloaca existente unos metros aguas arriba del puente de hierro, donde hasta no hace muchos años uno mismo ha podido constatar la presencia de pescadores en busca de cebo en época de la desveda.

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Soto playa

La construcción de la presa del embalse de Los Rábanos, sin una sola voz que clamase en contra de su ubicación, porque cuando se llevó a cabo tampoco se hubiera permitido, terminó con uno de los parajes más entrañables del Duero a su paso por Soria, convirtiendo la zona de baño en un foco de porquería, sin que la depuradora construida años más tarde en las inmediaciones de La Rumba, cuyas bondades quiso vender la Administración desde un oficialismo caduco cual si tratara de hacer comulgar a la ciudadanía con ruedas de molino, viniera a resolver un problema que, aunque con el reciente lavado de cara del entorno, sigue estando ahí y que no hay más remedio que acometer con carácter de urgencia, al margen de las mil historias que se vienen contando a diario, en espera de que llegue la solución deseada.

Fuera de la ciudad, Maltoso, hoy totalmente perdido por la construcción de alguna nave de ganado, la proximidad del vertedero de basuras por fin sellado, y el abandono del entorno -aún puede verse la casilla del ferrocarril semiderruida-, y La Sequilla, aguas abajo del Duero en las proximidades de Valhondo, eran otros de los lugares elegidos por los sorianos para sus excursiones domingueras y festivas del verano. El desplazamiento sobre todo a La Sequilla, cuyo paraje quedaría anegado también a raíz de la construcción de la aludida presa de Los Rábanos, era más largo, pero contaba con el encanto especial del río y la presa de la central eléctrica y, sobre todo, con sus escarpados alrededores, muy atractivos para romper con la rutina diaria.

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La Sequilla

Y, ya, sin otra solución que hacer uso del transporte público, era frecuente "ir de campo" a Garray o Martialay. Si el lugar elegido era el primero, lo normal era hacer el viaje de ida en el autobús que hacía el servicio regular entre Soria y Calahorra, que salía hacia las diez y media de la mañana, y la vuelta andando por el camino romano, ante la imposibilidad de combinar la hora de regreso con la del coche de línea que lo hacía a media tarde, con evidente adelanto respecto de las previsiones de cada cual.

En la localidad garreña el lugar elegido para la estancia campestre, al contrario de lo que sucede hoy que se ha desplazado a la parte de arriba, era la pradera existente aguas abajo del puente en la mismísima falda del cerro de La Muela, donde tampoco entrañaba demasiada dificultad la captura a mano de algunos de los abundantes cangrejos autóctonos que poblaban los ríos que discurren por el término municipal, sobre todo el Merdancho.

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Martialay

Para ir a Martialay había que tomar el tren. El que iba a Calatayud. Solían viajar en él, además de los ocasionales domingueros que "iban de campo", cargados de mil cosas, sin que en ningún caso faltase la paellera, grupos de cazadores que en la época de la desveda de la codorniz acudían al Campo de Gómara y a pueblos de más allá incluso. Salía de Soria no mucho más tarde de las seis de la mañana. De manera que en media hora se estaba en el lugar de destino y con todo el día por delante, en el que había tiempo para poner unas varetas con liga para los pájaros, que fritos sabían a gloria, y llevar a cabo las más variadas actividades que ayudasen a hacer amena la jornada. El regreso se hacía también en tren, en el que volvían los cazadores relatando con la minuciosidad y la fantasía que siempre les ha caracterizado toda una serie de particularidades que sinceramente a muy pocos interesaba. Alrededor de las diez de la noche, el tren estaba en el andén de la estación.

 © Joaquín Alcalde
(Publicado en Diario de Soria-El Mundo el 8 de julio de 2007)

 

 

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