
En
el mundo rural, el horno, junto con el lavadero y la taberna, eran
espacios importantes, fundamentales, para el vivir cotidiano de los
habitantes de los pueblos. La iglesia y las ermitas, alimentaban la
parte espiritual de esos mismos habitantes. Eran, todos, lugares de
reunión, donde se hablaba del devenir, las alegrías y las
preocupaciones. En determinados momentos de la historia, donde se
silenciaba ese devenir.
El lavadero
y el horno eran ámbitos privativos del mundo femenino. Las mujeres,
centro de la vida familiar, se ocupaban de todo lo cotidiano y, en el
mundo de la ganadería trashumante, al que pertenece Los Campos, y
durante más de la mitad del año, las mujeres se encargaban de todo.
Niños, ancianos, huertos y las pequeñas tierras de labor que
complementaban la economía de la familia. Por las noches, mientras
hilaban o zurcían calcetines, hacían los trasnochos.

El
horno tenía distintas formas de gestionarse. Si el pueblo era de
señorío, había un encargado que cobraba la poya y cada año pagaba el
impuesto al señor. La poya era como un impuesto, pero en especies. De
cada seis hogazas, por ejemplo, el hornero se quedaba una, lo mismo que
de cualquier otro elaborado que se cociera en el horno.
En otros
pueblos, la gestión del horno salía a subasta, cada año, junto con la de
la taberna –si era propiedad del Común-, la dehesa… En pueblos pequeños,
el horno era de todos y se hacía por adra, sin cobrar nada. Las mujeres
amasaban en casa y llevaban las hogazas a cocer, marcadas, como las
reses. Cuando el horno se había enfriado algo, aprovechaban para cocer
la cenceña, el puesto, las tortas huecas, o lo que cada una de ellas
hubiera preparado para aprovechar bien la masa que quedaba en la artesa,
y el calor del horno.
En el habla
rural, las tareas en el horno han dejado palabras como: boquera,
barredero, echadera, horcón, horguinero o urgunero, levantadera,
pellejo, rejadilla… Un mundo rico, como todo lo rural.
El pasado
sábado, 11 de octubre, el pueblo de Los Campos puso en marcha su horno
recién restaurado. Allí, las mujeres del pueblo, con la señora Dolores a
la cabeza, mostraron a los que estábamos cómo se hacía el pan cuando el
pueblo rebosaba vecinos y rebaños de ganado trashumante.






Los
Campos tienen una parte de su monte en la Sierra del Alba. Nace el río
Cidacos, que discurre creando una vegetación de ribera, por la parte
baja de la iglesia de Santa Elena, ejemplo de románico rural, con una
sola nave, a la que se le añadió un pórtico. Hasta Los Campos llegaron
algunos de los vecinos que se marcharon por los años sesenta, para pasar
un día en comunidad, oír misa, hacer el pan, asar patatas y comer una
caldereta todos juntos. Para los niños –que había alguno- allí estaba
Juan Catalina “Kata”, contándoles cuentos tradicionales.
La actividad
formaba parte del “Otoño en Tierras Altas”, que patrocina la
Mancomunidad,y en la que participan, alegremente, todos los vecinos,
quienes, además de en agosto, ven su pueblo con personas que se
interesan por las actividades de antaño.