Hasta el día 19
de octubre se puede visitar -salvo los lunes- la exposición de
cantorales que, en el paño de familiares del primer templo de la
Diócesis, ha organizado el Cabildo de la Catedral de Osma. Los
cantorales son libros de coro, de grandes dimensiones, con hojas de
pergamino en los que está escrita música y letra de los salmos que
se cantaban durante la liturgia en los coros de los monasterios y de
las catedrales. Su tamaño, hasta 90 x 70 cm., permitía ver los
textos a distancia por lo que se colocaban en el centro del coro, en
el facistol.
La Catedral de Osma guarda, en su rico archivo-biblioteca,
cerca de sesenta ejemplares, algunos encargados por el Cabildo al
monasterio de San Jerónimo; mientras que otros fueron recogidos del
mismo después de la última de las desamortizaciones del siglo XIX.
Especialistas en Historia del Arte, como la doctora Ana Muntada
Torrellas, consideran esta colección de cantorales como la más rica
de las catedrales españolas por su policromía y la calidad de sus
miniaturas. Prueba de ello es el lugar destacado que han ocupado en
varias ediciones de las Edades del Hombre: León, Amberes, El Burgo
de Osma y Nueva York. Pero hagamos un poco de historia del
monasterio de San Jerónimo, del que procede gran parte de los
mencionados libros corales.
Don Pedro Fernández de Frías, obispo de Osma (1379-14510) y
cardenal de Santa Práxedes (1394-1420), fundó, por carta de donación
otorgada en Segovia el 21 de junio de 1402, el monasterio de San
Jerónimo de Guijosa, aldea de Espeja de San Marcelino (Soria), en
torno a la ermita de Santa Águeda, que ya estaba habitada por
ermitaños. La fundación fue confirmada por bulas de Benedicto XIII,
en 1413, y Martín V, en 1420.
En el siglo XVI el patronazgo del presbiterio y altares colaterales
pasó, por compra de Diego de Avellaneda, obispo de Tuy (1525-1537),
a los componentes de la Casa de Valverde, de apellido González de
Avellaneda y más tarde condes de Castrillo, cuyos titulares
materializaron su relación con el convento en los escudos que
señoreaban sus edificios, inscripciones, suntuosos enterramientos y
otros detalles que mezclaban la vanidad con la auténtica piedad. En
1644 García de Avellaneda y Haro, II conde de Castrillo, de los
Consejos de Estado, Justicia y Cámara y presidente del de Indias
consiguió, in totum, el patronazgo del monasterio. Poco
tiempo después, la noche del 3 al 4 de junio de 1659, fue escenario
de hechos extraordinarios y sorprendentes ocurridos a Juan de
Palafox y Mendoza, obispo de Osma (1654-1659), cuando tuvo la
revelación de su próxima muerte.
La vida del cenobio transcurrió sin grandes sobresaltos en siglos
posteriores. Sus religiosos no abandonaron el monasterio durante la
Guerra de la Independencia, si bien se habilitó un claustro para
hospital de la división del cura brigadier Jerómimo Merino, y pudo
resistir el embate del Trienio Liberal que, en 1821, intentó una
tímida desamortización de los bienes eclesiásticos, acabando con
algunos venerables conventos. En 1853 fue incluido en las leyes
desamortizadoras decretadas por el ministro de Hacienda, Juan
Álvarez Mendizábal, y sus claustros se vaciaron de sus legítimos
dueños. Su archivo se perdió en su mayoría. Sus joyas y pertenencias
cayeron en manos -por no decir garras- de oportunistas y sólo
algunas de sus piezas artísticas pasaron a la Catedral de Osma, a la
colegiata de Soria y a las parroquias de los lugares cercanos:
Espeja de San Marcelino, Guijosa, La Hinojosa, Orillares... Su
suntuosa iglesia, después de dos espectaculares y pintorescos robos,
permaneció en pie hasta el año 1936. Hoy sólo queda, además de los
recuerdos de este centro difusor de cultura y fuente de
espiritualidad, un paredón azotado por los vientos y bañado
generosamente por el sol entre un mar de espigas.
El monasterio, calificado por Rogelio Buendía, como el
Escorial Castellano y digno de conservarse junto con el de Santa
María de Huerta, como consideraba la Comisión Provincial de
Monumentos, estaba integrado por las dependencias monásticas con
tres claustros, una extensa huerta cercada de cal y canto, el
palacio de los marqueses de Castrillo, una amplia y bien exornada
iglesia con cripta para enterramiento de los patronos, sacristía,
colmenar, nutrida botica que abastecía a los pueblos de los
alrededores y a algún obispo de Osma, importante biblioteca... Entre
los artistas que trabajaron para esta casa de los hijos del eremita
de Belén, algunos de ellos de primera fila, cabe citar al Maestro de
Osma, Felipe Vigarny, Martín Martínez, Juan Antonio Marogia y Juan
Gómez de Mora.

Retomando el tema, la exposición quiere ser, como se lee en el
tríptico anunciador, conmemoración agradecida de la Catedral de
Santa María de Osma por las magníficas aportaciones recibidas de
este monasterio, debido a la riqueza artística del mismo y a la
labor benéfica, cultural y religiosa que desarrolló durante los poco
más de cuatrocientos años de su vida monástica ininterrumpida.
La catedral de Osma se benefició sobremanera de la creatividad
espiritual y artística del escritorio monástico, ya que muchos de
los volúmenes de la colección de cantorales de la seo oxomense
fueron copiados y miniados en el scriptorium de este
monasterio por el Maestro de Osma. Un inventario de 1813 deja
constancia de la existencia de ellos en estos términos al describir
su iglesia: En la iglesia y en su capilla mayor hay el retablo
general y dos colaterales y también el púlpito. En el cuerpo, cuatro
altares, todos con el servicio correspondiente. Igualmente dos
cuadros de marco mayor buenos. En el coro existe una buena sillería,
facistol y un estante con dos plúteos que contiene treinta y dos
libros que sirven para el canto, todo de pergamino. Un órgano bueno
y la caja de otro viejo.
11.500 personas
visitaron la Exposición